Cuando en México inició la persecución y combate contra la trata de personas y las redes de tratantes, en el año 2000, también empezó una lucha de los trabajadores sexuales porque su actividad sea reconocida como un trabajo. Llevan 20 años y no lo han logrado.
Por el contrario, se sienten perseguidos y criminalizados como suponen que ocurre con un tratante; y cuando llegan los operativos, si bien les va, son capturados para luego presentarlos como víctimas de trata, o en un escenario catastrófico, también los convierten en tratantes.
En 2015, el Colectivo Contra la Trata de Personas, A. C., documentó el encarcelamiento de 60 trabajadores de table dance de la Ciudad de México, capturados durante “operativos contra la trata”, “operativos de rescate” o “liberación de víctimas”, y acusados de ser tratantes por el solo hecho de trabajar ahí.
Mónica Salazar, de Dignificando el Trabajo A.C. (Dignificando), sostiene que, en la disminución de desigualdad y precarización laboral, como medida para reducir el riesgo del trabajo forzoso y trata de personas, es necesario reconocer al trabajo sexual.
“Si no logramos disminuir el estigma hacia el trabajo sexual que son las personas que están de forma voluntaria, con conciencia del acto que están realizando, no vamos a poder, nunca, erradicar la trata ¡Nunca!”.
La pandemia de covid-19 revivió ese movimiento de las trabajadoras sexuales por el reconocimiento de lo que ellas denominan trabajo sexual para no llamarle ni prostitución ni trata, y que tampoco las vean como víctimas de los tratantes porque lo que ellas quieren, también, es ser aliadas contra la trata.
En Puebla, las trabajadoras sexuales que integran la Unificación de Sexoservidoras solicitaron al Gobierno local que reconozca su actividad y la regularice para que ya no sean más estigmatizadas ni perseguidas; y ofrecieron una alianza contra la trata de personas con fines de explotación sexual con la fiscalía de esa entidad, el DIF estatal y demás instituciones facultadas para la protección de mujeres.
“Queremos trabajar con el DIF porque a veces llegan menores de edad que no pueden trabajar porque no cumplen los requisitos, ahora sí que detenerlas, que venga el DIF por ellas, que haga el trámite y sabrán quién las manda. A la mejor con eso ayudaríamos al gobierno con la trata de personas y los menores de edad”, expresó Lourdes Hernández “Lulú”, representante de la organización.
– ¿Debería existir una alianza entre las trabajadoras sexuales y las autoridades?
-Sí, sería una seguridad para todas nosotras como trabajadoras sexuales porque, bueno, el trabajo de vender tu cuerpo no es delito, el delito es quién te mande o para quién trabajes, eso sí es más grave y más cuando eres menor de edad. Que trabajes por ti misma, porque tú quieras trabajar, yo creo que no hay ningún delito que perseguir, pero eso de los padrotes es un tema muy delicado.
Durante la emergencia sanitaria, Lulú y sus compañeras fueron testigos de cómo llegaban mujeres menores de edad a las calles de Puebla para ofrecer servicios sexuales, “y ¿Quién sabe quién las mandaba?”
El Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/Sida (ONUSIDA) considera a los trabajadores sexuales como quienes “reciben dinero o bienes a cambio de sus servicios sexuales, ya sea de forma regular u ocasional, y que definen estas actividades como generadoras de ingresos».
La distinción entre trata de personas para explotación sexual y trabajo sexual radica en si alguien ha sido forzado o inducido, que haya un explotador que gane dinero por esa explotación o quien quite parte de sus ganancias a quien se explota sexualmente exista maltrato físico o no.
Es decir, que el trabajo sexual es un acuerdo consciente y voluntario, entre adultos, para la venta o compra de servicios sexuales.
Lulú asevera que ninguna de las mujeres o personas de la comunidad LGBTTI que integran la Unificación de Sexoservidoras de Puebla está ahí, en el mercado de la explotación sexual, porque ha sido obligada por tratantes, pero sí presionadas por el mercado laboral que no contrata a perfiles como ellas y ellos que apenas cursaron su educación primaria porque no tuvieron mayores oportunidades.
“Ya no estamos en los tiempos de antes en los que nos vendían como esclavos, somos libres de hacer lo que nosotros mismos queramos”, asienta la trabajadora sexual.